Conversaciones no aptas para mayores

Hablando con un grupo de adolescentes, me cuentan sobre el último escándalo. Parece que un padre leyó algunos intercambios del grupo de whatsapp de su hija a los que consideró como “pornográficos” y le prohibió salir el fin de semana. Si bien no había imágenes personales (después de algunas malas experiencias, entendieron que debían cuidarse), lo que horrorizó a este padre fueron los diálogos. La conversación del grupo giraba en torno a los deseos sexuales, experimentaciones, identidades de género y algunos etcéteras más.

La anécdota derivó en distintos tipos de comentarios del grupo, como que si su hija hubiese sido varón y compartiera en el grupo sus experiencias heterosexuales, probablemente este padre lo hubiera felicitado. Pero lo más importante -remarcaron- es que sintieron que ese padre no solo invadió la privacidad de su hija sino también la de todo el grupo: “no voy a volver a la casa de mi amiga, me muero de vergüenza que esté el papá, pero también me da bronca”, dice una de las integrantes.

Para ellos escribir en WhatsApp no es sinónimo de publicar, aunque el dueño de la red sea el señor Facebook, red que muchos adolescentes han abandonado porque querían evitar los bienintencionados -pero para nada cool- comentarios de los familiares en sus muros. Esto, sumado a ciertas recriminaciones que recibían por el tipo de publicaciones que hacían en la red social, hicieron que lxs chicxs empezaran a darse cuenta de que la audiencia real era más grande que la imaginada y deseada. Postear algo y que un familiar lo comente es como si en una conversación presencial apareciera súbitamente la abuela y dijera a los amigos que el nieto se está bañando menos de lo que debería.

La solución fue emigrar a Instagram. Allí la parentela no está, como tampoco -se supone- está en sus grupos de WhatsApp. Hasta que un día aparece. Entonces, lejos de pensar en la intrusión, se les reclama que tengan cuidado con lo que publican. Pero la privacidad para los adolescentes no tiene que ver con dejar de publicar, sino con que los adultos no se metan en sus conversaciones, como cuando uno está en el colectivo y escucha hablar a otros: sería desubicado que nos pongamos a opinar.

Lo cierto es que los adolescentes se criaron con las redes pero quieren conversar libremente como lo hacíamos nosotros cuando teníamos su edad. La diferencia es que nuestras conversaciones quedaban dentro de espacios a los que no accedían los adultos y menos aún personas desconocidas. Hablar, hablábamos de cualquier cosa, pero si veíamos que se acercaba un adulto dejábamos de hacerlo. Hoy, sin cuerpos que hagan ruido, nadie puede parar a tiempo.

El problema, además, es que en el afán de controlar, los adultos terminamos haciendo lecturas fuera de contexto, básicamente porque no compartimos sus códigos ni las estrategias que utilizan para gustar a sus pares. Los adolescentes hablan en las redes para conectarse entre ellxs, para gestionar sus identidades, probarse, experimentar, ver si gustan, si les dan like. Por eso se apropiaron tan rápido de YouTube y de Instagram: por primera vez en la historia pueden gestionar sus propios espacios para expresarse. No necesitan pedirle a los adultos que les den un lugar y por eso funcionan,  porque son los espacios por excelencia donde tienen la palabra, donde van desarrollando sus voces, sus intereses, donde están sus pares, no sus padres.

*Ilustración: Horacio Pagani
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