Yo acuso*

Pregunte a cualquier estudiante secundario si conoce alguna cuenta de Instagram donde las chicas denuncien abusos por parte de sus compañeros, con nombres, apellidos y escuela de los acusados. Se van a sorprender. Es difícil no hacerlo al ver la cantidad de publicaciones donde las adolescentes narran con detalle situaciones muy complejas. La escritura permite a muchas de ellas la comprensión de lo vivido, de ese malestar que hoy es posible nombrar, aun cuando el nombre que se le da no sea del todo preciso. Narrar les permite ver que ese dolor no es natural, ni estrictamente individual sino cotidiano, social, asimilado y por ello -hasta no hace mucho- invisible.

Escribir ayuda a comprender, es una lectura del mundo que permite reflexionar sobre él. Nombrar hace que lo nombrado adquiera entidad para uno mismo y para otros.

Podríamos pensar en el movimiento Ni una menos como una organización que empieza a nombrar y a instalar masivamente el concepto de femicidio. Ya no son crímenes pasionales por maridos-parejas-novios-amantes, que en un acto de locura o por amor se les va la mano con sus mujeres. No mueren miles de mujeres al año a manos de hombres con patologías mentales, sino por sociedades que generan las condiciones para que eso pueda ser pensado por un individuo como una posibilidad. Se vuelve necesario llamar a las cosas por su nombre y si no hay nombre, se crea.  

Aun así, el reclamo social no se agotó allí, fue preciso mostrar el resto del iceberg y empezar a pensar en todas esas desigualdades de género sistémicas, que constituyen el caldo donde se cuecen los micromachismos, esos pequeños actos de violencia material y simbólica.    

Con menos prisa de lo necesario pero sin pausa, el estado de las cosas comenzó a cambiar en un proceso que no tiene vuelta atrás, porque una vez que se aprende a mirar y se puede nombrar, es imposible dejar de hacerlo. Como cuando estamos frente a un programa de TV de hace algunos años y vemos al conductor canchero con un grupo de chicas en bikini bailando detrás y festejando sus ocurrencias. ¿Por qué antes no lo percibíamos si lo estábamos viendo?  Definitivamente, cambió nuestra sensibilidad social sobre lo que consideramos aceptable. Lo mismo está ocurriendo con algunas adolescentes que empiezan a ver lo que antes no veían porque era lo natural: que toquen sus cuerpos sin consentimiento, que sean culpabilizadas por tener deseo, que sean denigradas verbalmente, que corran más riesgos por ser mujeres.

Entonces, revisan en su disco rígido y encuentran que ellas también han pasado por algún tipo de humillación y empiezan a nombrar la experiencia como pueden, a veces la identifican como abuso, otras como acoso, otras como violación. Se podría pensar que tal vez no es el nombre adecuado para la situación que describen, pero el dolor está ahí, lo hacen visible para sí mismas y para otras. Escriben para entender, escriben para gritar “a mí me pasó”, escriben para alertar, escriben porque no encuentran otro modo de hacer visible lo que les pasa. Escriben y escrachan a chicos (sí, son chicos, muchos compañeros de escuela), porque es la única manera que encontraron de tramitar ese dolor.

Mientras tanto, los adultos estamos en otro canal, literal y metafóricamente. Los y las adolescentes están en Instagram, dirimen sus cuestiones ahí, como pueden, y algunos nos enteramos cuando nos cuentan lo que está pasando. En el medio, nadie sale indemne, porque los chicos son nombrados como abusadores, violadores, acosadores. Tienen 13, 14, 15 años y más, e incluso unos cuantos portan pañuelos verdes o se declaran feministas. Adhieren, defienden y marchan por la igualdad de derechos, pero no registran en sus propias prácticas algunos de los comportamientos que el mismo feminismo condena. Con los escraches se dan cuenta, pero el costo es que son catalogados como abusadores y condenados por el resto de sus compañeros. Y son chicos: pueden aprender, pueden cambiar, pueden reparar, si es que hay algún adulto y se involucra.  

Pero los adultos todavía no sabemos qué hacer, todavía estamos revisando, tratando de entender, preguntándonos, sin darnos cuenta de que no necesitamos darles soluciones sino espacios donde podamos ir construyendo con ellxs algunas respuestas.

Ilustración: Horacio Pagani (Imágenes: Freepick.es)
*El título hace referencia a la publicación del artículo periodístico J’accuse…! de Emile Zola, donde denunciaba la injusticia del Caso Dreyfus. La idea de usar el mismo título, es recuperar la intención que tuvieron los que publicaron la nota en ese momento: llamar la atención de los lectores con una frase que representa un grito, “¡Yo acuso!”, considerando que los diarios de ese entonces se vendían gritando los titulares.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Sitio web ofrecido por WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: