No me gusta

Hay mucha gente indignada con Facebook. No son los adolescentes ni jóvenes; esta red para varios de ellos es “de viejos”, a lo sumo se dan una vuelta cada tanto, pero cada vez menos. Prefieren Instagram. Los enojados tampoco son los adultos que circulan por la red de Zuckerberg para ver qué hay, megustear, pasar el rato y compartir alguna que otra cosa.

Los disgustados son algunos de los que están al tanto del problema de las Fake news o noticias falsas, tema que estalló a partir del escándalo de Cambridge Analítica. Según diversas fuentes, una gran cantidad de cuentas de Facebook -y Twitter- habrían (nótese el potencial) sido creadas para ayudar al triunfo de Trump en las elecciones presidenciales. Si bien no puede afirmarse con absoluta certeza que toda esa maniobra lo ayudó a alcanzar el sillón de George Washington, sí es real que durante la campaña se lanzaron al ruedo un conjunto de noticias falsas y que la consultora Cambridge Analitica accedió a la información privada de ¡87 millones! de facebookeros.

No vamos a ahondar aquí en el mecanismo, ya han corrido ríos de bits al respecto, pero sí mencionar el hecho de que las noticias falsas se comparten a una velocidad de más de un millón de posteos por minuto. En general, cuando se descubre la falsedad, ya es tarde, muy pocos se enteran y a casi nadie le importa. Pero esta vez, parece que fue distinto. Quizás los usuarios se sintieron “demasiado” engañados o las consecuencias de ese engaño fueron demasiado importantes.

Qué ves cuando no ves

Las redes sociales como Facebook son medios que median. Esto significa que no son vías neutrales para transmitir contenidos, sino que constituyen formas culturales que intervienen en nuestras formas de hacer y de representarnos el mundo. Esto aplica también para los algoritmos que reproducen de manera automática decisiones que, en realidad, son humanas. Por ejemplo, en Google, los resultados que obtenemos al buscar algo son la consecuencia de determinados criterios: lo que nos aparece está relacionado con nuestras búsquedas anteriores en la red, las que han hecho los que han buscado lo mismo que nosotros y los que pagan para salir primeros en las búsquedas. Y, por supuesto, con los links que han sido cliqueados más veces, como si esto fuera sinónimo de confiabilidad. Por eso el “Rincón del vago” aparece entre los primeros lugares en los googleos sobre temas escolares, no por ser una fuente de calidad sino porque se decidió que lo más importante es lo más cliqueado. Google selecciona (y así editorializa) qué es lo que vamos a ver. Supone también que nos interesan artículos y noticias que coinciden con nuestras búsquedas anteriores. No le importa saber que nos enriqueceríamos más si pudiésemos acceder a material que no buscamos porque lo desconocíamos o porque no coincidía con nuestras lecturas y por eso mismo, ampliarían nuestro mundo[1].

El efecto Facegoogle

Frente a esta situación y en este espacio, es ineludible la pregunta acerca de qué significa estar alfabetizado en 2018. Hoy, es imposible pensar una definición que no involucre la necesidad de tener las herramientas para participar del mundo de manera crítica, creativa y responsable. El problema es que para tener una mirada crítica se necesita conocer cada vez más cómo funcionan las cosas y entender la complejidad en la que estamos inmersos. No alcanza con darse de baja en Facebook (recuerden que además son dueños de Whats App e Instagram), necesitamos entender que esas redes que habitamos no son neutrales y que las consecuencias de ofrecer nuestros datos tienen alcances económicos, políticos, culturales, sociales; a veces más evidentes y a veces no.

Entonces, ya no podemos sentirnos satisfechos porque sabemos hacer una infografía digital o porque participamos de un mural colaborativo. Ya no alcanza con entender que cada medio legitimado tiene un enfoque e intereses diferentes, porque el acceso masivo a la información no se da a través de los portales de noticias, sino de las redes sociales. Y el que postea puede ser un amigo, un conocido, un boot o el alter ego de Cacho Castaña; en decenas de lecturas fragmentadas por minuto todo da lo mismo, aunque no dé lo mismo.

El punto quizás sea poder suspender la credibilidad como base de la construcción de un pensamiento crítico. Pero no es tan sencillo: según los que han discurrido sobre la postverdad, parece que lo hacemos solo cuando lo que vemos no coincide con nuestras creencias y conocimientos previos, más allá de cualquier evidencia.

Tal vez tengamos que lograr que la duda no recaiga únicamente sobre aquello que no se adapta a lo que pensamos, tenemos que interrogar nuestras propias verdades, tenemos que empezar a desmarcarnos del efecto Facegoogle.

Ilustración: Horacio Pagani (Imágenes: Freepick.es)
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2 comentarios sobre “No me gusta

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  1. Me parece cierto que esta concepción acerca de la pos verdad no deja de tener atravesadas las cuestiones de poder que se lleva en a cabo, en relación a este articulo y el otro, vemos como los ritmos acelerados, sumados a la rapidez con la que se viraliza la información junto con el marketing político para hacer creer a la gente la información son estrategias de poder y control social sobre formas de dominarnos que perpetuas sistemas políticos .
    El rápido acceso y el aumento de redes sociales donde la cotidianidad hoy son las noticias de facebook y el “no viste en”.. hace que se cierre a poder problemátizar acerca de la realidad social con una visión mas criticas.
    por eso me parece hoy fundamental que la tarea es enseñar a pensar críticamente , a dudar, a tener pensamiento critico.

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