Lo que Pokémon Go nos dejó

No sé si ustedes acordarán, pero la sensación es que Pokémon GO fue un fenómeno que ocurrió hace mucho tiempo. Y lo cierto es que no transcurrió ni siquiera un año desde que la pokemanía pasó a ser -para los que no somos fans- un recuerdo. Esto no nos asegura que el fenómeno no se encuentre agazapado temporalmente y que volvamos a encontrarnos con una versión reloaded, pero lo que sí evidenció para una parte de la población es que lo virtual hace tiempo dejó de pensarse como lo irreal, como lo opuesto a eso que se llama realidad, teniendo en cuenta que las plazas y diversos espacios públicos y privados comenzaron a ocuparse por gente que perseguía muñecos amarillos, azules y de muchos otros colores que solo podían visualizarse a través de un celular. Casi sin darnos cuenta, pasó que Pikachu podía estar en la puerta de nuestras casas y nosotros… como si no existiera.

Pokémon Go también puso de manifiesto algo que ya veníamos percibiendo y es que lo presencial y lo virtual son un contínuum cuyo pasillo o pasadizo se nos ha hecho invisible: estamos aquí y allá pero dejamos de registrar cuándo fue que hicimos el switch, traspasamos el umbral o recorrimos la madriguera para llegar a ese otro mundo. Y es que en realidad hoy habitamos muchos espacios simultáneamente, no siempre de manera consciente, aunque sea de lo más normal tomar un café con un amigo mientras charlamos con muchos otros por WhatsApp. O capaz debamos formular la oración al revés: charlamos por WhatsApp mientras tomamos un café, nos lavamos los dientes o desarrollamos un experimento sobre el ADN.

Esto que para nosotros representa un cambio respecto de las maneras de estar y comunicarnos, para los niños y jóvenes constituye algo “natural” (aunque no lo sea). Nacieron en un mundo donde la virtualidad es habitada tanto como lo presencial, sin ser percibidos como esferas escindidas. Pelearse con alguien por Facebook, es pelearse con alguien.

En este contexto, todo lo que ellos hacen, esto es, jugar, comunicarse, producir videos, música, escribir, chatear con diversos grupos, entre otras actividades, a veces permanece invisible a la mirada de la mayoría de los adultos que pensamos y resumimos como “están-todo-el-día-con-el-celular/tablet/computadora-sin-hacer-nada”.

Lo cierto es que hacen muchas cosas, aunque desde afuera uno los vea adheridos a la silla por horas. El tema radica en que ya no hay un dispositivo familiar (como la TV en el living, la radio, el equipo de música) que deje sus consumos y prácticas culturales a la vista de todos. Los consumos son individuales (aunque después se compartan) y se hacen desde dispositivos ídem. De modo que para acceder y tratar de comprender lo que están haciendo, los adultos necesitamos introducirnos voluntariamente por esos senderos, de lo contrario solo obtendremos la fotografía de sus cabezas inclinadas hacia las pantallas… una vez que levantemos la mirada de nuestros celulares.

 

Ilustración: Horacio Pagani Imágenes: Shutterstock, Freepik y VectorOpenStock
 Foto de portada: https://www.flickr.com/photos/sadiediane/
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